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Historia de Jerez

Los orígenes de la ciudad de Jerez de la Frontera aún hoy en día siguen siendo polémicos. Para algunos investigadores, la ciudad fue un centro del antiguo Imperio Tartésico. Para otros, el origen de la ciudad se entronca en su relación con la primitiva colonia fenicia en el Serit o Ceret, nombre con el que acuñó monedas y que, al transcurrir el tiempo se fue cambiando por el de Seritium o Xeritium de los latinos; el Sheres, Xerez, Xerez Sadunia árabe hasta llegar, pasando por los de Xerez Sidonis, de Sidonia o Seduña, al actual Jerez de la Frontera.

Lo cierto es que en Jerez se asentaba una población antes de la llegada de los romanos. Los hallazgos en Asta Regia, hoy Mesas de Asta, a 1 km de Jerez en la carretera en dirección a Trebujena así lo demuestran.



 De todas formas, de estos orígenes un poco nebulosos comienza a surgir un núcleo urbano que se convierte en una ciudad codiciada ya en la época de dominación islámica.

Cuando verdaderamente tiene ya importancia Jerez como ciudad es en tiempo de los árabes. Parece que no debió ser anterior al siglo IX, adquiriendo su definitiva fisonomía urbana en torno a los siglos XI Y XII al construirse la muralla y el Alcázar, que son de época almohade.

Es únicamente, a partir del siglo XII con la dominación almohade cuando coinciden en sus planteamientos tanto arqueólogos como historiadores. Por ello, a partir de aquí es cuando podemos empezar a hablar de la ciudad de Jerez en su actual localización geográfica, y es en este momento de su historia cuando nace una estructura urbana que dará lugar, con las lógicas transformaciones y natural crecimiento, a la configuración del actual conjunto histórico.

Efectivamente, a la llegada de los musulmanes, Jerez se reducía a un castillo o fortaleza con unas calles a su alrededor, careciendo incluso de murallas. Este castillo estaba emplazado en el mismo lugar que ocupa hoy el Alcázar y las calles eran las del actual entorno de la Catedral. Los musulmanes debieron amurallar este recinto, que con el tiempo resultó insuficiente ante el crecimiento de la ciudad, surgiendo un asentamiento vecino en la actual zona de San Dionisio. Este nuevo caserío constituirla, por tanto, un arrabal del núcleo urbano originario.

Esta estructura urbanística es la que encuentra Alfonso VII cuando en el año 1133 – casi al final del período almorávide- asalta la ciudad, incendiando sus principales edificios y derribando sus muros hasta una cuarta del suelo.



Tras este asalto, la necesaria reconstrucción de la ciudad impuso un nuevo planteamiento, levantándose una cerca mucho más amplia que la anterior, que englobaría tanto el primitivo núcleo amurallado en torno del castillo, como al nuevo vecindario surgido en la zona de San Dionisio, dejando al mismo tiempo un extenso espacio libre para el desarrollo futuro de la población.

La reconstrucción de la muralla comenzó, pues, a finales de la época almorávide, realizándose durante el período almohade, que se inicia para Jerez en 1146. Las mismas vicisitudes se suponen para la construcción del Alcázar.



En cuanto al recinto murado, tiene forma cuadrangular, con cuatro vértices: el primero, en el Alcázar; el segundo, en la conjugación de la calle Larga con la calle Bizcocheros; el tercero en la esquina de la calle Ancha con Porvera; y finalmente, el último, en el torreón subsistente al final de la calle Muro.

Entre esos cuatro vértices se extendían los lienzos de murallas coronados de almenas, interrumpidos de trecho en trecho por torres cuadradas y en todos los ángulos por torres albarranas. En el centro de cada uno de dichos lienzos se abría una puerta, mientras que en el ángulo SE del perímetro fortificado se alzaba el Alcázar. Este edificio, residencia de los reyes cristianos, se levantó en el mismo solar del antiguo castillo existente al producirse la conquista musulmana. Fue planeada de forma unitaria y conjunta, diferenciando dos zonas principales en razón de sus distintos usos: una, la zona de la Mezquita y el Patio de Armas, baños, caballerizas, etc., en la que el acceso del público sería más frecuente y más fácil, y otra destinada a las habitaciones principales del walí y a la residencia de la guarnición.



Por lo que respecta a las puertas, éstas eran, al igual que la muralla, de tapial, con forma de doble ángulo recto. Las puertas de la época almohade fueron cuatro, añadiéndosele en época cristiana algunas otras para facilitar las comunicaciones entre el interior de las murallas y los arrabales que iban surgiendo. Se trataba de la Puerta Real o del Marmolejo, Puerta de Sevilla, Puerta de Santiago y Puerta de Rota.

Dentro del recinto amurallado, el trazado de las calles estaba condicionado por la estructura de la propia cerca y por la comunicación de unas puertas con otras. En función de ello, la principal arteria del Jerez sería la que unía Real y de Santiago. A su vez, ésta se cruzaría con la que formaban las Puertas de Santiago y Puerta de Rota.

La ciudad islámica estaba dividida en barrios con mezquita propia y mercado. Sus calles eran estrechas y tortuosas con casas de pocos y pequeños ventanales al exterior. Durante el período almohade el perímetro intramuros se urbanizó completamente.

En el siglo XIII tuvo lugar la incorporación de Jerez a la corona de Castilla. El siglo XIII fue un siglo crucial durante el cual se produjo el hundimiento de las estructuras políticas musulmanas y el consiguiente proceso de conquista y repoblación de la región por parte de los cristianos del norte.

En la época de la reconquista y repoblación de Andalucía por Fernando III y Alfonso X, que se extiende desde 1224 a 1300, se asentaron las bases de una Andalucía nueva, radicalmente transformada en sus estructuras básicas, demográficas, institucionales, económicas, sociales y culturales, como resultado de su incorporación a Castilla. Esto conllevó una ruptura brusca con el período anterior, y la inserción dentro de un mundo y un tipo de sociedad diferentes: el cristiano europeo.

Una vez conquistada Sevilla (1248) por Fernando III, Jerez, como otras ciudades gaditanas, se acogió a una capitulación por la que los castellanos respetaban propiedades y condiciones de vida a cambio de un Tributo. La zona del Guadalete fue anexionada de esta forma en 1249, pues el rey castellano era consciente de su incapacidad para repoblar esta extensa comarca. Dejó a los mudéjares en posesión de sus tierras, concediendo Lebrija, Jerez, Arcos y Medina Sidonia al infante Don Enrique. La anulación de este privilegio por Alfonso X al comienzo de su reinado (1253) replanteó la situación de la comarca. En efecto, durante los primeros meses de 1253, Alfonso X, con la ayuda de las tropas de la Orden Militar de Calatrava, llevó a cabo una campaña por la zona del Guadalete eliminando a los distintos jefes musulmanes locales y procediendo a situar en algunas poblaciones guarniciones castellanas. Fue este el caso de Jerez. La Crónica de Alfonso X aludo a un tal Abén Abit, señor de la villa de Jerez, que se avino a entregarle el alcázar a cambio de que “le dejase salir a salvo con todo lo suyo”. El alcázar fue entregado entonces en tenencia al noble castellano Nuño de Lara, quien a su vez lo encomendó a un caballero llamado Garci Gómez Carrillo.

Este régimen de autonomía más precaria – pues las antiguas autoridades musulmanas fueron sustituidas por otras más colaboradoras con Castilla y en los alcázares y fortalezas se instalaron destacamento militares cristianos- subsistió hasta 1262- 1263.

En 1262 se observa un cambio radical en la política de Alfonso X que pudo obedecer a dos hechos. En primer lugar, se constata que por aquella fecha la repoblación de Sevilla estaba ya encauzada y en segundo lugar, el monarca aparece decidido a acabar con los islotes musulmanes casi autónomos. Comienza por el reino de Niebla en 1262 e inicia la repoblación de Cádiz, donde a comienzos de 1263 se erige una sede episcopal, cerrando así la salida al mar a los mudéjares de Jerez, Arcos y demás plazas vecinas.

El malestar provocado entre los mudéjares andaluces por estas y otras medidas explica que, contando con el apoyo de los granadinos y benimerines del norte de África, los moros de la comarca del Guadalete se sublevasen en mayo-junio de 1264. Esta revuelta mudéjar sorprendió a los castellanos. Sus guarniciones fueron pasadas a cuchillo, cayendo en poder de los sublevados Jerez, Medina Sidonia, Vejer y Lebrija.

La reacción de Alfonso X fue inmediata. Desde el otoño de 1264 y a todo lo largo de 1265 se realizaron campañas para restablecer y recuperar los territorios perdidos. Se conquistaron por la fuerza de las armas Jerez, Medina Sidonia, Arcos, Lebrija y Vejer. La población musulmana fue sistemáticamente expulsada de sus antiguas villas y ciudades, procediéndose de inmediato a su repoblación con cristianos de los territorios ocupados. Así sucedió en Jerez.

Iniciadas las conversaciones de rendición, Alfonso X se avino a dejar salir de Jerez a los moros, pasando la villa a manos castellanas, el día 9 de octubre de 1264, fiesta de San Dionisio.

Según la tradición, la ciudad se incorporó a los dominios cristianos en Frontera; de ahí su denominación.

Según el Libro del Repartimiento en Jerez se asentaron 1711 repobladores cristianos, 90 judíos y 7 mudéjares. Otro rasgo de la sociedad es la existencia, junto a una mayoría dominante de cristianos, de minorías religioso- étnicas de judíos y musulmanes.

Los judíos vivían en la Judería y disponían de dos sinagogas. Los mudéjares tenían alcalde propio, al menos al principio y se reservaron para el culto una de las mezquitas existentes en el momento de la conquista. Unos y otros eran tolerados y protegidos por las leyes, pero a la vez segregados.



La ciudad se dividió en diferentes distritos o collaciones correspondientes a las seis parroquias que se crearon: una dedicada a El Salvador, otra al patrono de la ciudad, San Dionisio, y las cuatro restantes dedicadas a los Evangelistas: San Mateo, San Lucas, San Marcos y San Juan.

Dentro de la collación de San Dionisio, aunque separada por un muro, se encontraba la Judería. En el libro del Repartimiento aparecen claramente delimitado otros dos sectores urbanos que, si bien no tuvieron entidad autónoma, sí poseyeron peculiaridades propias. El Barrio de Francos, caracterizado por la dedicación comercial de sus habitantes, situado entre las collaciones de San Juan, San Marcos y San Dionisio; y el Barrio del Algarbe, dentro de la collación de San Dionisio, donde se asentaron 92 pobladores procedentes del Algarve portugués.

Después de la Batalla del Salado en 1340 se produjo un alejamiento de la frontera. La seguridad que ello trajo consigo supuso una explotación del agro jerezano y un considerable crecimiento urbano en extramuros, en torno a los arrabales de San Miguel y Santiago. En ellos se hace patente el auge económico que supuso la inserción del reino de Castilla en los circuitos de comercio internacional Atlántico, con el asentamiento de comerciantes genoveses, franceses, ingleses y flamencos.

Las murallas tras el alejamiento de la frontera dejaron de se útiles, derribándose y adosándose casas. Así mismo, se abrieron postigos que facilitaran el libre paso entre la ciudad intramuros y los arrabales. A partir del siglo XV, como consecuencia de la prosperidad económica se construyeron importantes edificios: iglesia de San Miguel, iglesia de Santiago, convento de San Francisco, iglesia de la Merced, convento del Espíritu Santo, convento y claustro de Santo Domingo, Cabildo, Torre del Homenaje del Alcázar, etc.

Jerez fue, sin duda, una de las grandes ciudades de la época moderna. De su antiguo esplendor dan muestra sus edificios, ricos y solemnes.

El acontecimiento más decisivo de la Andalucía occidental en los siglos XVI, XVII Y XVIII es el descubrimiento de América. Jerez está plenamente incorporada por su posición geográfica entre Sevilla y Cádiz al territorio andaluz.

¿Cómo era la ciudad en vísperas del descubrimiento? Se trata de una población campesina, con un término bastante extenso, bien dotada de nobles (las casas- palacio son buena muestra de ello) y eclesiásticos, con una importante ganadería y una relevante elaboración de vinos.

Como ciudad medieval que era aún en la segunda mitad del siglo XV, contaba con ferias agrícolas de interés, a donde concurrían los productos de su extenso entorno. Merece especial mención la de septiembre, a la que acudían negociantes venidos de fuera. La colonia flamenco-holandesa debió tener una especial importancia, al amparo de las buenas relaciones existentes entre el Reino de Castilla y el noroeste de Europa. Todo esto hacía que las exportaciones de Jerez y su campiña encontrarán una salida relativamente fácil, en especial los vinos, hacia los atractivos mercados de Flandes, Inglaterra, la Hansa. Los comerciantes y hombres de negocios de estos países se establecieron en Jerez.



El vino introduce ciertos cambios en la sociedad jerezana promoviendo la ampliación del sector artesanal, en especial, el de los toneleros.



Con el Descubrimiento de América en 1492 y el posterior establecimiento del monopolio, primero en Sevilla, y a partir de 1680 en Cádiz, Andalucía occidental experimentará diversos cambios. La demanda americana aseguraba la salida de sus productos hacia los mercados indianos. Las tierras cultivadas parecen insuficientes para las necesidades y perspectivas que se han ido alumbrando. Se busca la rotulación de los espacios que hasta ahora estaban incultos, para dedicarlos a viñas u otros productos de interés: trigo, cereales, ...

En el plano social ¿qué efectos tuvo el impacto del descubrimiento? La población esclava de Jerez creció considerablemente, en parte por la facilidad para abastecerse de ellos a través de los puertos de la bahía, pero también por los beneficios y el estatus social alcanzado por los particulares. Pero será sin duda la nobleza el sector más afectado. Contaba Jerez en el siglo XV con un número relativamente reducido de nobles, procedentes en buena medida de las antiguas familias que llegaron cuando la repoblación. El impacto americano se haría sentir provocando el acceso a dicho estamento de elementos del estado llano. Se trata de hombres cuya fortuna se había amasado gracias a la actividad mercantil y financiera o a la exportación de caldos.

Jerez experimentó una etapa de prosperidad y auge económico tras la finalización de la guerra contra el reino de Granada, y el siglo XVI significó la apertura de ciertos sectores de la sociedad jerezana a los nuevos aires renacentistas y al pensamiento humanista que los impulsaba. La economía y la paz permitieron la erección de numerosos edificios empleando el “estilo antiguo”. La instalación en la ciudad de un importante contingente de comerciantes extranjeros –genoveses y flamencos- contribuyó al conocimiento de las ideas humanistas y a la difusión de las nuevas corrientes estéticas.

Se desarrolla la reacción en contra del espíritu autoritario de la Iglesia, mantenido a lo largo de la Edad Media, que limitó la iniciativa del pensamiento individual, libre y crítico.

El artista emerge del anonimato en que había estado sumido durante el medievo y abandona la consideración de artesano. Los edificios romanos son objeto de admiración e inspiración que proporciona abundantes temas y personajes diversos.



En las primeras décadas del siglo XVI, la arquitectura religiosa continuaba apegada a la tradición, representada por el estilo gótico que muestran los templos y conventos jerezanos, -como las iglesias parroquiales de San Mateo, en el interior del casco urbano; Santiago y San Miguel en los arrabales a los que dan nombre; convento de Santo Domingo frente a las antigua Puerta de Sevilla y la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión, a orillas del río Guadalete, en el camino a Medina.

A partir del segundo tercio del siglo, el arte del renacimiento se nos muestra ya plenamente aceptado en la arquitectura civil.

El Jerez del setecientos registró importantes manifestaciones artísticas en respuesta a una serie de hechos, como la recuperación económica que se sucede a lo largo del siglo.

Al igual que el resto de Andalucía, la ciudad muestra un apego hacia el barroco, manifiesto sobre todo en el arte religioso. Las masas populares se identifican perfectamente con estas manifestaciones, teniendo en las fiestas y celebraciones una forma de eludir muchos de los problemas cotidianos.

Frente a ello, ciertos aires renovadores quedan plasmados a través de algunos aspectos urbanos. El tejido urbano de intramuros acusó pocos cambios. El casco antiguo empezó a registrar un paulatino descenso de población desde principios de siglo en beneficio de los dos barrios extramuros: San Miguel y Santiago. La despoblación paralizó en gran medida la actividad urbana del interior, a favor del extrarradio.

La única transformación relevante del tejido urbano en esta época se produjo un desplazamiento del antiguo edificio, expropiándose casas, así surge la nueva plaza de la Encarnación.



También, a lo largo del siglo XVIII la industria del vino tuvo importantes repercusiones urbanísticas. El sistema de pequeñas bodegas unidas a la vivienda dejó paso a las construcciones de naves independientes. El afianzamiento de Jerez como importante centro vinícola supuso el surgimiento de una poderosa burguesía y de una gran masa de proletarios. Así se fue construyendo, a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX, un cinturón industrial en torno a la ciudad, formado por bodegas, que hoy han sido absorbidas por la ciudad debido a la expansión urbana del siglo XX.

El siglo XIX desarrolló a gran escala muchos de los esquemas planteados en la centuria anterior, sobre todo en lo concerniente a las infraestructuras del saneamiento e higiene pública. Pero las actuaciones que más caracterizaron al período decimonónico fueron las alineaciones de vías públicas, el efecto producido por las desamortizaciones y el nuevo perfil urbano que generó la industria bodeguera.



El derribo de las Puertas Mayores y Postigos, y lienzos de muralla fue una de las actuaciones más representativas del urbanismo del siglo XIX. Ya en el siglo XVII se había derribado la Puerta de Rota. Se demolieron la de Santiago y la del Real en la primera mitad de siglo, junto a la Puerta Nueva o de la Chancillería; la Puerta de Sevilla dejó de existir en 1864 y el Arco del Corregidor en 1890.

Las desamortizaciones de bienes eclesiásticos produjeron el surgimiento de los nuevos espacios abiertos tras la destrucción de un grupo de conventos, que supuso la alteración de una parte del tejido urbano medieval para la creación de nuevas plazas.

La industria del vino originó un perfil urbano muy característico, cuyas bases fueron sentadas en el siglo anterior. La proliferación de bodegas durante el siglo XIX fue espectacular. El intramuros continuaba nutriéndose de bodegas, provocando la pérdida de casas habitadas. Ya en el siglo XVIII son manifiestas las protestas de los párrocos de San Mateo y San Marcos ante la pérdida de feligreses por este motivo. Una serie de medidas dictadas por el Ayuntamiento para regular el proceso constructivo bodeguero en 1837 y 1842 prohibía la edificación de bodegas en el casco antiguo.

La instalación de la estación de ferrocarril en 1854, y dado el alto nivel de producción de las bodegas, se creó en 1870 una vía férrea urbana para facilitar el transporte de los vinos hasta la estación de ferrocarril.



 

La industria del vino generó el asentamiento en la ciudad de una burguesía que en algunos casos optó por instalar sus viviendas en el extrarradio. Estas viviendas, recreos con zonas ajardinadas se ubicaron siguiendo una planificación urbanística.

El alumbrado de gas se inauguró en 1860; la conducción de agua desde el manantial de Tempul a la ciudad fue en 1869. El teléfono se estableció en 1889 y en 1891 la Compañía Jerezana de Electricidad.

El florecimiento en la ciudad de una aristocracia y de una burguesía en muchos casos extranjera, haría suponer una rápida adopción de las nuevas corrientes europeas. Sin embargo, esto no fue así.

A comienzos del siglo XX, el perfil de la ciudad estaba condicionado en gran medida por el crecimiento de la industria bodeguera.

Los barrios de Santiago y San Miguel seguían creciendo en detrimento del intramuros, cuya despoblación constituye un agravante para el urbanismo del siglo XX. Habrá que esperar a los años de posguerra para el desarrollo, a través de proyectos de ensanche, de una serie de barrios, muchos de ellos destinados a la clase obrera: La Plata (en los años 40), Federico Mayo (a partir de los 50), la Vid, la Constancia, Pío XII, ...

En 1982 se elaboró un Plan Especial de Reforma Interior del Casco Antiguo (PERI). Urgente necesidad de frenar las actuaciones en el casco antiguo, dado que no se tenían en cuenta los valores patrimoniales. Se trataba de recuperar el casco histórico de la ciudad como Patrimonio Colectivo, controlar el desplazamiento y especulación, rehabilitar edificios antiguos, conservar la arquitectura popular, recuperar lienzos y torreones de la muralla, así como respetar el tejido urbano.

En 1984 se ejecuta un Plan de Ordenación Urbana cuyo principal objetivo es de equipamientos e infraestructuras (Circuito permanente de Velocidad, 1986).

El último Plan ejecutado en 1985 está orientado a la ciudad del futuro. No solo se centra en la ciudad. También lo hace en su término municipal.

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